Las recurrentes crisis geopolíticas globales han abierto una ventana de oportunidad crucial para que Europa avance hacia la verdadera autonomía energética y refuerce su competitividad industrial. Si bien la invasión de Ucrania y los conflictos en Oriente Medio han incentivado la diversificación de proveedores de gas y petróleo, la realidad es que los combustibles fósiles siguen dominando el panorama energético europeo por la inercia de las infraestructuras existentes. Sin embargo, la percepción de un riesgo estructural en el suministro está actuando como el principal catalizador para redirigir la inversión hacia fuentes bajas en carbono, donde las tecnologías limpias presentan hoy costes mucho más favorables que en crisis pasadas.

A pesar de que la penetración de las energías renovables moderó los precios de la electricidad en los mercados mayoristas europeos —como en el caso de España, donde un incremento de 20 puntos porcentuales en el mix redujo los precios mayoristas cerca del 20%—, esta mejora no se traduce automáticamente en beneficios competitivos directos para los consumidores finales. La falta de un impacto claro en los costes minoristas de hogares y empresas evidencia que generar energía limpia ya no es el principal desafío, sino lograr que esa energía llegue de forma eficiente y segura a la demanda.
El gran cuello de botella reside en el desfase de las infraestructuras de transporte y distribución. Mientras que la inversión global en generación renovable casi se ha duplicado en la última década, la inversión destinada a las redes eléctricas solo ha crecido un 20%. Esta brecha genera congestión en el sistema, vertidos de energía no aprovechada y retrasos en la electrificación de la industria, frenando de manera drástica el potencial de la transición energética.
Resolver esta saturación ya no depende de la disponibilidad tecnológica, sino de un cambio institucional y regulatorio de fondo. Aunque la digitalización, la inteligencia artificial y el almacenamiento mejoran la eficiencia de la red, no sustituyen la necesidad urgente de ampliar físicamente la infraestructura. En países como España, los esquemas de planificación actuales suelen priorizar la contención de costes sobre la anticipación de la demanda, lo que provoca la saturación de los nodos de distribución e inhabilita nuevas inversiones industriales sostenibles.
En conclusión, la resiliencia energética no se logra únicamente instalando paneles fotovoltaicos o parques eólicos; requiere modernizar los marcos regulatorios, agilizar permisos y retribuir adecuadamente la expansión de las redes eléctricas. Adaptar la planificación energética a las necesidades reales del mercado es la única vía para convertir las oportunidades en ventajas competitivas duraderas y estar mejor preparados ante la inevitable llegada de la próxima crisis.
Fuente: https://ethic.es/europa-competitividad-potencial-renovable/
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